lunes, 22 de septiembre de 2014

SIN TIEMPO PARA EL AMOR


Reblogueo de la revista Pikara un artículo de Coral Herrera Gómez con el fin de dar a conocer una postura defendida ampliamente desde la economía feminista. Un modelo productivo-reproductivo donde los afectos, la pasión y el placer tengan un papel fundamental a la hora de organizar nuestros tiempos.
Aquí os lo dejo: 

¿Cuántas horas le dedicas al amor? No a imaginarlo, soñarlo o consumirlo en forma de película o novela, sino a vivirlo. ¿Cuánto tiempo hace que no pasas horas haciendo el amor con tu pareja de hace años, como al principio?, ¿cuánto tiempo tienes para conocer gente nueva y encontrar a alguien que te gusta mucho?, ¿cuánto tiempo dispones para tener un romance de esos que te descolocan la vida y te destrozan los horarios?
Tenemos poco. Hay poco tiempo para el amor. Para conocerse, para enamorarse, para profundizar, para decepcionarse, para dejarse, para recuperarse, para volverse a enamorar.
Nuestras obligaciones diarias son extenuantes, y al final del día nos derrumbamos en el sofá para leer, ver tele o navegar por las redes. El cansancio no da para ponerse a dar brincos en la cama con nuestro compañero o compañera
Vivimos en una sociedad muy amorosa: por la radio suenan canciones de amor desgarrado, en el cine todas las películas tienen alguna historia de amor de fondo o en primer plano, las estrellas salen del armario en el telediario y nos presentan a sus parejas, en las revistas circulan chismes y cotilleos sobre famosas que se enamoran o se separan, las redes sociales están llenas de gente buscando al amor de su vida, en Facebook nos enteramos de las bodas de nuestra gente, en la televisión triunfan los dramas sentimentales, en la publicidad nos regalan paraísos románticos para vendernos casas, coches, muebles o desodorantes.
Sin embargo, hay poco tiempo para el amor. Marcuse lo vio claro: son muy pocos minutos los que dedicamos al placer. La mayor parte del día acudimos a trabajar a cambio de un salario, y el resto del tiempo que nos queda es para dormir, y resolver las cuestiones básicas de higiene y nutrición (y otras miles obligaciones de la vida urbana posmoderna). Hacemos el amor al final del día, antes de dormir, cuando tenemos el cansancio acumulado encima, y hay que darse prisa para terminar pronto y poder dormir si acaso 7 u 8 horas.


Podríamos disfrutar más si pudiésemos dedicar días enteros a charlar, a jugar, a hacer el amor, a comer rico, a escuchar buena música en la intimidad con nuestras parejas. Pero los horarios que tenemos no dan para relajarse y para el disfrute pleno del amor. Nuestras agendas están siempre repletas de cosas que hacer después de trabajar 8 horas y de perder al menos otras dos en volver a tu casa o desplazarte a cualquier otro lugar: ir al gimnasio, ir a clases de yoga, pasear al perro, acudir a la asamblea de tu colectivo, reunirte con amigas del colegio, llevar al gato al veterinario, vaciar la pila de platos y sartenes sucias, ir al dentista, contestar emails, hacer la compra semanal, regar las plantas, llevar a arreglar unos pantalones, ir al psicólogo, hacer lavadoras en casa, recoger y limpiar el hogar, hacer cenas o comidas para el día siguiente, skypear con tu hermana que emigró al extranjero, devolver llamadas o guasaps, depilarte las piernas y el bigote, supervisar las tareas del colegio de tus hijas o hijos, acudir a la asamblea de vecinos, pasar por Correos, visitar a los del banco, llevar a la niña a informática y después a inglés, llevar a arreglar las gafas del niño a la óptica, llevar el ordenador al técnico para que lo arregle, hacer cuentas y revisar facturas, estudiar cualquier cosa que nos permita crecer o actualizarnos profesionalmente….
Sí, nuestras obligaciones diarias son extenuantes, y al final del día nos derrumbamos en el sofá para leer, ver tele o navegar por las redes y olvidarnos un poco de nuestras preocupaciones. En esos momentos quizás solo nos quede una hora útil  de vida antes de caer en los brazos de Morfeo, y el cansancio no da para ponerse a dar brincos en la cama con nuestro compañero o compañera. Según la mayor parte de las estadísticas, los días en que la gente se dedica a gozar del sexo son los fines de semana, que como todas sabemos, son demasiado cortos para hacer todo lo que una quiere hacer: vivir la vida.
Si ya es difícil reservar tiempos y espacios para compartir con la pareja, imagínense las personas que tienen amantes o varias parejas. Es difícil ser poliamorosa
El tiempo se nos va de las manos. Y lo maldecimos cuando nos damos cuenta de que llevamos milenios sin ver a tal amiga querida, o sin ir a visitar a tu abuela, o sin reunirte con la pandilla de la universidad. O cuando asistimos a un funeral y nos decimos: “Oye a ver si nos vemos más, hay que juntarse en las ocasiones alegres también”.
La tiranía del tiempo que se nos va se diluye cuando nos enamoramos salvajemente. Nos liberamos cuando el subidón del enamoramiento trastoca nuestra percepción y relación con el tiempo, como pasa con las drogas. Dejamos de mirar el reloj, las intensas noches de amor se hacen cortas, los instantes sublimes congelan el tiempo y nos hacen eternas.
Sí, el amor nos hace diosas del tiempo: bajo el influjo de la pasión somos capaces de saborear cada segundo de amor, atrapar el presente con nuestras manos, vivir el ahora con una intensidad brutal. El tiempo ya no va inexorable segundo a segundo hacia el futuro, a un ritmo monótono e implacable. Los segundos parecen horas, las horas minutos: el tiempo se ralentiza (cuando estamos esperando una llamada o que llegue el día de la próxima cita) o se acelera (cuando estamos sumergidos en los ratos de amor loco), y la vida es más emocionante porque nuestra percepción de la realidad se trastoca.
También nuestro organismo se trastoca y adquirimos superpoderes. La química del amor es tan fuerte que somos capaces de pasar noches enteras sin dormir junto a la persona amada, y cada día acudir al trabajo y cumplir tus obligaciones como si nada hubiera pasado: sólo te delata una sonrisa permanente en la cara, las ojeras malvas, la piel tersa y el cabello brillante. A la noche te espera otra desvelada, tú te sientes con fuerzas para todo: nos llenamos de energía cósmica para vivir el presente intensamente.
Cuando  pasa la borrachera del amor y volvemos a nuestra vida real, perdemos los superpoderes para dedicar horas a hacer el amor y ya el cuerpo responde mal si le sigues quitando horas de sueño. Con el paso de los meses y los años, las parejas se vuelcan más hacia lo social que hacia lo íntimo, y es difícil para muchas volver a construir esos espacios íntimos llenos de magia para detener el tiempo. Así pues, hay gente que se queja de que follamos con prisa, follamos sin ganas, follamos cansadas, follamos poco, o no follamos nada.
Si ya es difícil reservar tiempos y espacios para compartir con la pareja, imagínense las personas que tienen amantes, o las que tienen varias parejas: es casi imposible encontrar huecos en el día para dedicarse al amor sin mirar el reloj. Las parejas de adúlteros apenas pueden disfrutar de una hora o dos (no hay tiempo para más), pero la gente poliamorosa también lo tiene difícil, por la falta de tiempo para tener varias parejas simultáneas: el fin de semana tiene solo 2 noches, 3 días que pasan volando.
La cadena de producción no puede parar por tus sentimientos, y al capitalismo le conviene que no seamos demasiado felices: nuestra insatisfacción permanente y nuestro dolor nos hacen más vulnerables.
Sí, es difícil ser poliamorosa en estos tiempos que corren si quieres dedicar a todas tus relaciones tiempo de calidad, si quieres disfrutar intensamente de tu vida social (tu comunidad, tu tribu, tu vecindario, tu familia), y si además necesitas tiempo también para disfrutar de tu propio espacio-tiempo a solas.
Vivimos en un sistema productivo que nos encadena durante 40 horas semanales a un trabajo que nos da un salario generalmente precario (son muchas las personas que hacen 50 o 60 horas semanales robando horas de sueño o de su vida a cambio de nada o de muy poco).
A las empresas no solo les damos mucho tiempo de nuestras vidas, sino también nuestras energías físicas, mentales y emocionales. ¿Cuantos de vosotras habéis tenido que arrastraros dolorosamente fuera de la cama para ir al trabajo sintiendo que os dejáis un poco de vida en el lecho del amor?, ¿cuánta gente ha faltado alguna vez al trabajo por estar enamorada o enamorado?, ¿cuántas veces has deseado estar entre las sábanas jugando, mientras miras por la ventana y cuentas las horas que te quedan para salir de tu lugar de trabajo?, ¿cuántas veces has perdido la concentración en tu trabajo por culpa de un amor que te está esperando en su casa mientras te hace la cena, y no logras acabar tu tarea?
El capitalismo nos enjaula, aunque no seamos productivas. Al capitalismo le da igual que estés borracha de amor, feliz, eufórica, exultante, cachonda, preocupada, angustiada, desesperada, triste, ansiosa, enojada. Al capitalismo no le importa que tu compañera esté hospitalizada y tú quieras estar cuidando y acompañándola. No le importa si vas a tener una conversación decisiva con tu pareja, si estas de duelo por una ruptura sentimental, si quieres acompañar a una amiga o amigo en momentos difíciles. No le importa, y tú tienes que ir a trabajar, aunque tu abuela se esté muriendo. No le importa si has dormido esa noche por la gripe de tu hija o si te has pasado la noche gozando lujuriosamente. Tú tienes que estar ahí, cumpliendo, aunque no seas productiva y no logres hacer nada ese día.


Si te lo montas por tu cuenta, es lo mismo. No puedes permitirte el lujo, generalmente, de tomarte unos días para tus asuntos emocionales, porque entonces no comes ese mes. La cadena de producción no puede parar por tus sentimientos, y al capitalismo le conviene que no seamos demasiado felices: nuestra insatisfacción permanente y nuestro dolor nos hacen más vulnerables. Así que la explotación de nuestras energías y tiempos es brutal, porque va más allá de la cuestión productiva. Vivimos en una sociedad represiva a la que le conviene constreñirnos el acceso al placer, al amor, al juego y al disfrute. Prefieren que disfrutemos consumiendo, o dediquemos nuestro tiempo a trabajar: el amor es improductivo. Poco rentable.
Hay poco tiempo para el amor, y a veces pocas energías. El enamoramiento pasional no es eterno: nuestro cerebro y corazón no pueden estar añales enamorados: es agotador estar generando ese nivel de endorfinas y anfetaminas todo el tiempo. Además, el romanticismo siempre acaba siendo aplastado por la tiranía de los horarios, de la rutina, de las obligaciones. Muchas parejas se desenamoran porque apenas pasan tiempo juntas: tiempo de calidad, tiempo sin límites, tiempo para el erotismo y el amor.
Además de no tener tiempo para vivir romances, tampoco lo tenemos para disfrutar de nuestros hijos e hijas, de nuestra gente querida, de nuestros animales domésticos: pasamos la mayor parte del día fuera de casa, produciendo para enriquecer a otras personas que en realidad no necesitan tenernos tantas horas allí.
Los feminismos reclaman la conciliación de la vida laboral y familiar: las 8 horas de trabajo diarias son incompatibles con el cuido de bebés, personas enfermas o ancianas. Y resulta que el 90% de las cuidadoras en el mundo son mujeres. Unas tienen que renunciar a la autonomía económica y al mercado laboral, y otras cargan con la doble jornada laboral.
Hay países en los que los trabajadores no tienen derecho a vacaciones pagadas (si acaso dos semanas al año, y sin cobrar), pero hay otros como Islandia o Suecia que están implantando nuevas medidas para aumentar la calidad de vida de sus habitantes. En el caso de Suecia, creen que no es el tiempo lo que determina el nivel de eficacia laboral, sino la motivación y el bienestar de los y las trabajadoras. Han decidido implantar una jornada laboral de 6 horas sin reducción de salario, lo que al parecer aumenta el nivel de satisfacción de los suecos y las suecas con respecto a su trabajo; además, mejora la productividad, aumenta el ahorro estatal y permite crear más empleo. Puedo imaginar lo felices que deben de estar las trabajadoras municipales al ganar una hora de vida para sus amigos y amigas, para su familia, para su comunidad, para sus aficiones, para sí mismas, para su tiempo de descanso o de ocio.
El tiempo es oro: nuestras vidas son muy cortas y necesitamos un sistema productivo más acorde a nuestras necesidades vitales, individuales y colectivas. El capitalismo romántico nos regala muchos finales felices mientras nos roba horas de vida: necesitamos recuperar nuestro tiempo, y necesitamos energía para disfrutar de la vida.
Necesitamos tiempo para amar, para disfrutar del placer en toda su plenitud. Tiempo para escuchar, para viajar, para conocer, para compartir, para construir comunidades con los demás. Tiempo para apoyar, para crear redes, para celebrar, para aprender, para crear. Tiempo para cultivar y nutrir lo único que parece darle un poco de sentido a la vida: los afectos.



Cuántas horas le dedicas al amor? No a imaginarlo, soñarlo o consumirlo en forma de película o novela, sino a vivirlo. ¿Cuánto tiempo hace que no pasas horas haciendo el amor con tu pareja de hace años, como al principio?, ¿cuánto tiempo tienes para conocer gente nueva y encontrar a alguien que te gusta mucho?, ¿cuánto tiempo dispones para tener un romance de esos que te descolocan la vida y te destrozan los horarios?
Tenemos poco. Hay poco tiempo para el amor. Para conocerse, para enamorarse, para profundizar, para decepcionarse, para dejarse, para recuperarse, para volverse a enamorar.
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Cuántas horas le dedicas al amor? No a imaginarlo, soñarlo o consumirlo en forma de película o novela, sino a vivirlo. ¿Cuánto tiempo hace que no pasas horas haciendo el amor con tu pareja de hace años, como al principio?, ¿cuánto tiempo tienes para conocer gente nueva y encontrar a alguien que te gusta mucho?, ¿cuánto tiempo dispones para tener un romance de esos que te descolocan la vida y te destrozan los horarios?
Tenemos poco. Hay poco tiempo para el amor. Para conocerse, para enamorarse, para profundizar, para decepcionarse, para dejarse, para recuperarse, para volverse a enamorar.
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Cuántas horas le dedicas al amor? No a imaginarlo, soñarlo o consumirlo en forma de película o novela, sino a vivirlo. ¿Cuánto tiempo hace que no pasas horas haciendo el amor con tu pareja de hace años, como al principio?, ¿cuánto tiempo tienes para conocer gente nueva y encontrar a alguien que te gusta mucho?, ¿cuánto tiempo dispones para tener un romance de esos que te descolocan la vida y te destrozan los horarios?
Tenemos poco. Hay poco tiempo para el amor. Para conocerse, para enamorarse, para profundizar, para decepcionarse, para dejarse, para recuperarse, para volverse a enamorar.
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Cuántas horas le dedicas al amor? No a imaginarlo, soñarlo o consumirlo en forma de película o novela, sino a vivirlo. ¿Cuánto tiempo hace que no pasas horas haciendo el amor con tu pareja de hace años, como al principio?, ¿cuánto tiempo tienes para conocer gente nueva y encontrar a alguien que te gusta mucho?, ¿cuánto tiempo dispones para tener un romance de esos que te descolocan la vida y te destrozan los horarios?
Tenemos poco. Hay poco tiempo para el amor. Para conocerse, para enamorarse, para profundizar, para decepcionarse, para dejarse, para recuperarse, para volverse a enamorar.
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domingo, 20 de octubre de 2013

Las tias buenas

Yo lo he intentado. Pero mucho. En serio.
He tratado de comer sano, de hacer deporte, de querer para toda la vida, de reproducirme, de aprender a cocinar, de hablar más bajo, de querer sexo sólo cuando hay alguien conocido en mi cama, de vestirme de colores suaves, de juntar las piernas, de gritar menos, de llorar más, de beber menos, de dormir más, de comer menos, de sonreír más... Pero no me ha salido.
Juro que he tratado con todas mis fuerzas de ser buena. Estar buena. Parecer buena. Pero no he podido.
Porque, a veces, las cosas que no deberían, me gustan, me apetecen, me las como, me las quedo, me las bebo, me las compro, me las guardo, me las follo...
Porque a veces, las cosas que me deberían gustar me deprimen, me aburren, me ponen triste, me dan asco.
Y he dedicado mucho tiempo, mucha energía, mucho dinero, mucha esperanza, a ser una mujer “como dios -o el patriarcado- manda”. Con curvas proporcionadas, compañías sexuales que se cuenten con los dedos de la mano, ropa de entretiempo, revistas de decoración, voz dulce, maquillaje discreto, regímenes saludables y aficiones que impliquen una aguja (no hipodérmica, claro).
Y ya me he cansado de que no me salga. No me sale parecerme a las de los anuncios de café instantáneo, a la que mis tías esperaban encontrar en las comidas familiares, a la que el tipo del banco quisiera dar una hipoteca, a la que la casera decente quisiera alquilar el piso, a la que los tíos encorbatados quieren llevar a cenar, a la que las dependientas quieren vender bragas blancas, a la que la policía quiere defender y no reprimir, la que cabe en las tallas que ponen en el escaparate.
Las malas, las inoportunas, las descaradas, las desubicadas, las desagradables, esas me salen mejor.
Y así, consigo menos cosas, pero son cosas que me gustan. Las que consiguen las tías buenas, con sus sonrisas oportunas, sus curvas adecuadas, sus posturas apropiadas... esas, me deprimen, me aburren, me ponen triste, me dan asco.
O envidia, vete tú a saber...


Faktoría Lila

miércoles, 16 de octubre de 2013

domingo, 13 de octubre de 2013

¿Escándalo?

(Artículo publicado en diario “Información” el 13 de octubre de 2013)

Son poco más de las once de la mañana del miércoles y suena el teléfono de mi casa. Nada más descolgar oigo: “Nena, eso que han hecho esas chicas en el Congreso de desnudarse a mí no me parece bien. Es un escándalo”. Es mi madre, que ha visto la protesta de las tres activistas de Femen en el Congreso de los Diputados y se ha alterado.  Mi madre es una mujer católica, creyente y practicante, pero que no entiende ni comparte las posiciones de la jerarquía eclesiástica en muchas cuestiones. Y una de esas cuestiones es el aborto. Considera que es una decisión tan íntima de cada mujer que le resulta incomprensible que nadie pueda decidir en su lugar. Entiende que las mujeres no pueden tolerar esas intromisiones y apoya, en ese sentido, las posturas que se oponen a la contrarreforma de la ley vigente que abandera el Ministro de (In)Justicia. Pero  las formas le han molestado.  Eso, generacionalmente, y viniendo de una persona tradicional como mi madre, lo puedo entender, aunque no lo comparto. 
Pero nuestra conversación giró poco en torno a la forma de la protesta, y fuimos directas al tema de fondo, no sólo respecto de esa amenaza de recorte absolutamente ideológico, sino también de todas las reformas que se están imponiendo desde este (des)Gobierno  y su rodillo parlamentario. Y en eso sí coincidimos plenamente mi madre y yo:  lo verdaderamente escandaloso es la situación en que este (des)Gobierno está dejando a la población en general y a las mujeres, en particular.

Escándalo es que el terrorismo machista haya asesinado a más de cuarenta mujeres y que ni los poderes públicos  ni la sociedad en general se escandalicen por ello. Escándalo es que el Código Penal que quieren aprobar permita que la violencia machista no se llame por su nombre, invisibilizando más esta epidemia. Escándalo es que los recortes en sanidad lleguen al punto de aplazar las pruebas de detección precoz del cáncer de mama e imponer el copago en los tratamientos por enfermedades graves como el cáncer o la hepatitis. Escándalo es  que se hayan cargado la poquísima ayuda a la dependencia y que sean las mujeres las que sigan apechugando. Escándalo es que pretendan financiar a colegios que segregan por sexos. Escándalo es que haya que estudiar religión pero no los valores para una convivencia pacífica y respetuosa de la dignidad humana. Escándalo es que recorten pensiones y salarios sobre los ya más bajos que cobran las mujeres. Escándalo es que haya madres que no pueden alimentar a sus criaturas, por más que se les llene la boca erigiéndose en protectores de la maternidad.  Eso sí, y más, sí son escándalos. No desviemos el foco

viernes, 12 de abril de 2013

MÁS ALLÁ DEL EXILIO Y EL EMPRENDIMIENTO



Hace un par de semanas, el gobierno presentaba varias medidas para incentivar el empleo joven. Son 100 medidas para el apoyo a la creación de empleo juvenil y el autoempleo, la llamada estrategia de Emprendimiento y Empleo Joven.
El plan se centra sobre todo en ofrecer beneficios fiscales para el establecimiento de nuevos negocios y para la contratación de jóvenes. Incentivar los contratos de prácticas, de vinculación formativa, bonificaciones para empresas que contraten a jóvenes que sea su primer trabajo,  o contratos para jóvenes de riesgo de exclusión. El plan también fomenta ayudas para la financiación de nuevas empresas, como la posibilidad de que los menores de 30 años puedan compatibilizar la prestación por desempleo con el inicio de una actividad por cuenta propia durante un máximo de nueve meses, que los jóvenes menores de 30 años podrán capitalizar hasta el 100% de su prestación por desempleo en un único pago para emprender un negocio, o establecer una cuota mínima de 50 euros durante seis meses para las nuevas altas de jóvenes autónomos a la Seguridad Social. Los emprendedores de hasta 30 años beneficiarios de una prestación por desempleo que se den de alta en el régimen especial de trabajadores autónomos podrán continuar percibiendo su prestación durante un máximo de nueve meses.
Estas medidas deberían ser bienvenidas, dado que son las primeras medidas que adopta el gobierno, con una cuantía significativa para incentivar el empleo joven. Sin embargo, no son suficientes para enfrentar un problema tan grave como el del desempleo y en este caso el juvenil. Supone poner una tirita a un enfermo que se desangra.
La EPA publicada en enero confirma un 55% de paro juvenil, y en el otro lado de la balanza, un 45% de jóvenes que acumulan contratos basura, en un mercado laboral cada día más cerrado y con una legislación que favorece la temporalidad y el despido libre, y donde estas ”medidas estrella” no resuelven el problema. Al tiempo, los jóvenes asistimos a la completa desmantelación de los servicios públicos. Mientras se habla de fomentar la formación y la capacitación de los jóvenes, se aprueban leyes como la LOMCE, se establece el llamado “tasazo”  en las matrículas universitarias y se suprimen becas y ayudas. La formación profesional sigue teniendo una oferta muy rígida e insuficiente,  deja a muchos jóvenes fuera de la posibilidad de obtener la formación necesaria. Las condiciones , no sólo laborales, de los jóvenes son cada día más precarias y la única salida para muchas está en hacer las maletas y salir del país.
Estas medidas, no hacen más que insistir en un modelo de adelgazamiento del estado, donde se promueve la iniciativa privada y el autoempleo frente a un sistema  que garantice los  servicios públicos de calidad. Apostando todo a la iniciativa emprendedora que no es la fuente de generación de empleo más importante. Renunciar a que la creación de empleo sea un asunto público.  
Por otro lado, estas medias que se proponen desde el gobierno, y que tratan de fomentar el autoempleo,  si no tienen una mayor duración, no son muy útiles. Poner en marcha un negocio no son los 6 primeros meses, son unos primeros años de esfuerzo y duro trabajo. Que, por otro lado, en épocas de crisis o se acierta muy bien en un nicho del mercado donde aún haya posibilidades de compradores y de innovar, o la situación se puede complicar mucho más. Dada la caída de ingresos, la capacidad adquisitiva y de compra es difícil lograr que un negocio funcione. Se necesitan por tanto medidas mucho más profundas que gozar unos meses de ciertas bonificaciones.
En Castilla y León, donde resido, diversos colectivos juveniles pusimos en marcha hace unos años una iniciativa que se llamaba “Queremos poder quedarnos” hacía hincapié en el éxodo que están haciendo los jóvenes de esta comunidad hacia las grandes ciudades, y ahora hacia el extranjero. Esta situación responde a una política económica centrada prioritariamente en el sector del turismo olvidando otros sectores productores ligado a la industria agropecuaria, a la investigación y desarrollo o a la atención socio-sanitaria.
En la misma línea que la que ahora se promueve desde Juventud sin fututo, “No nos vamos, nos echan”. Tratan de hacer hincapié en que no puede ser motivo de orgullo para un Estado que se exporte jóvenes bien formados y preparados. Los jóvenes queremos contribuir no solo al mantenimiento sino a la construcción de una sociedad y a un tejido productivo, acordes a la formación que hemos recibido desde una educación pública. Una educación pública que apuesta por la inclusión social, como garantía de cohesión social, además de por la excelencia. Ningún estado puede permitirse que las generaciones mejor preparadas sean una generación perdida.

Tenemos las herramientas para poder luchar contra esta situación donde se nos obliga a elegir entre paro, precariedad o exilio. Podemos cambiar este mercado de trabajo en apariencia saturado y sin capacidad de maniobra. Debemos cambiar las prioridades  económicas frente a  la falsa disyuntiva de reducción del déficit o de incentivar la economía,  para colocarnos en la situación política de elegir entre satisfacer las exigencias de los mercados o atender las necesidades de los ciudadanos.  A medida que siga avanzado estas políticas dictadas desde Bruselas, meros parches para no ahondar en el problema de fondo que es la contracción total del gasto público, la creación de empleo será residual. El estado debe utilizar su herramienta más ponente que son los presupuestos generales para poner en marcha medidas en pro de los ciudadanos y no de los mercados.